Prólogo
3, 2, 1… ¡En el aire!
Respiraba con dificultad, siempre le sucedía cuando iba a entrar en directo. Le había costado mucho llegar a ser una de las periodistas mejor consideradas en su especialidad. Su programa, «Entrevista a…», se había posicionado como el mejor de los de su categoría y tenía un ranking de audiencia que superaba incluso al reality más aclamado.
El éxito radicaba en que su entrevistado era siempre una sorpresa para ella. No sabía quién era hasta que se encontraban frente a frente. Podía ser cualquiera siempre que fuera deportista: futbolista, jugador de baloncesto, golfista, boxeador…
En cada programa la sorprendían con su ingenio, el mismo que debía mostrar para improvisar las preguntas adecuadas, o no tan adecuadas, para llenar los sesenta minutos que duraba la transmisión.
Se miró al espejo una vez más, se retocó un mechón de su cabello oscuro que no necesitaba arreglo y se quitó varias arrugas inexistentes de la falda negra que le llegaba justo por encima de las rodillas.
—En el aire en tres minutos.
Escuchó la voz de uno de los operarios de plató que la avisaba, a la vez que daba unos pequeños golpes a la puerta, del tiempo que quedaba para estar en el aire. Trató de calmar la respiración, había pasado por cosas peores, mucho peores, y esto no iba a achantarla. Dejó escapar toda la presión que guardaba dentro como si fuera una olla exprés y caminó con paso seguro, saludando a los demás componentes del equipo, hasta su sillón blanco situado justo en el centro del espacio que ocupaba su programa.
Todo a su alrededor estaba conformado de forma que diera la sensación de relajación, de paz; lo contrario a la frenética electricidad que recorría a todos los integrantes de su equipo. Los cámaras, el realizador, los chicos de sonido… todos se trasladaban de un lado a otro dibujando un perfecto movimiento suave y engrasado, que lograba que los engranajes no se atascaran y todo marchara sobre ruedas.
Las luces se acomodaron para conseguir la iluminación exacta, la chica de maquillaje le dio un último retoque en la nariz, la frente y los pómulos, para evitar los brillos, y escuchó la voz de fondo que le indicaba:
—En tres, dos, uno… ¡En el aire!
—Buenas noches y bienvenidos a «Entrevista a…» —comenzó la voz en off con la apertura del programa—. De nuevo, una semana más, estamos aquí para conocer más a fondo al invitado de hoy. ¿Qué sorpresa le tendremos reservada a nuestra querida presentadora? ¿A quién tendrá el placer de poner contra las cuerdas esta noche? En breve, tras treinta segundos de publicidad, lo averiguaremos. ¿Listos?
La publicidad de treinta segundos entró. De nuevo, la chica de maquillaje apareció para darle unos golpecitos suaves con una esponja para secar la leve capa de sudor que perlaba su frente. No tenía claro por qué estaba más ansiosa de lo normal.
—Gracias, Norma.
—De nada. Estás preciosa hoy, así que relájate.
Tras dedicarle una sonrisa de agradecimiento y conseguir respirar con profundidad dos veces, volvió a estar en el aire.
—Después de esta pequeña pausa publicitaria, está todo listo para que nuestra presentadora conozca a nuestro invitado sorpresa de esta noche —continuó la voz en off a la vez que el sonido acompasado de unos pasos llegaba hasta ella, seguidos del crujido del sillón al ser ocupado por su invitado y el leve roce del calzado de este contra el suelo de madera. Las luces estaban casi apagadas, para impedirle descubrir o hacerse una idea de quién podría ser según la reacción del público asistente, así que estaba a ciegas, con los nervios fluyendo a toda máquina por la superficie de su piel, ansiosa por descubrir a quién tendría el honor de entrevistar en escasos momentos—. Así que, en tres, dos, uno, comienza la entrevista a…
Tras esas palabras, como en cada programa, llegaba la magia. Las luces iban cobrando fuerza mientras todos permanecían en silencio. Su sillón empezaba a girarse en perfecta sincronía con el de su invitado y, cuando estuvieran uno frente al otro, las luces habrían alcanzado la intensidad adecuada y ella y sus invitados descubrirían, entre aplausos y sonrisas, al invitado de la noche.
Con disimulo se secó la palma de las manos en la tela de la falda. Estaba a punto de conocer a su invitado, casi estaba en la posición adecuada para descubrir quién era cuando los gritos de los espectadores y el estallido de los aplausos llegaron como una gran ola que la mareó. Tenía que ser alguien muy importante y conocido para que el público tuviese esa exagerada reacción. Era la primera vez, desde que comenzó el programa, que obtenía una respuesta tan escandalosa del público asistente.
Eso no la tranquilizó, al contrario, hizo que su corazón bombeara a mil, que sus manos se llenaran de una nueva capa de sudor, esta vez más espesa, y que su respiración se acelerara; expectante.
Sentía una necesidad tan grande de saber quién era el invitado que el nudo que se había formado en su estómago la apretaba sin piedad. El asiento continuaba moviéndose, a una velocidad que se le antojaba demasiado lenta, los aplausos y los silbidos seguían in crescendo, lo que la hizo volver a tener esa sensación de mareo que la obligaba a aferrarse con fuerza a los brazos del asiento, como para seguir conectada a la realidad.
¿Quién sería? En su mente pasaban a toda velocidad los nombres de todos los candidatos que en ese corto espacio de tiempo le dio tiempo a barajar: tal vez el último ganador del Roland Garros, o quizá el del Open de Australia. ¿Un jugador de baloncesto norteamericano llegado desde la NBA? ¿Tal vez alguna joven estrella de fútbol de las que habían destacado en la última Champions?
Las opciones eran barajadas por su mente a la velocidad de la luz, tratando de estar preparada según a quién encontrara con alguna pregunta interesante, otra mordaz, alguna que otra comprometida… Ojalá fuera ese entrenador al que tenía tantas ganas de preguntar cómo sanar algo que estaba podrido desde los cimientos…
Ya casi estaba, nunca se le había hecho tan larga la espera. El griterío del público subió varios decibelios y, cuando pensó que sus oídos iban a estallar, se encontró frente a frente con el que causaba tanto alboroto en plató.
Y, en ese preciso instante, quiso que el dicho «tierra, trágame» se hiciera real y que se la tragara… para siempre. Que no la escupiera… jamás.
—¿Qué coño…?
El invitado la miró con sorpresa. Estaba claro que lo había dicho en voz alta. El público dejó de aplaudir y de silbar… todo quedó sumido en el más profundo de los silencios como si, de repente, todo hubiese perdido la frecuencia y no se pudiera escuchar nada.
Su corazón iba a mil y empezaba a creer que lo iba a perder por la boca. Lo había soltado en voz alta. ¡Mierda! Tenía que arreglarlo. ¿Pero cómo?
—Lo siento, señores, sé que me perdonarán, pero soy humana y no he podido evitarlo. Es realmente toda una sorpresa. No me imaginaba encontrarlo a él, sentado en mi sillón. Nunca, a decir verdad. Bienvenido.
—Gracias, es un placer…
—Sí, no hubiese encontrado una palabra mejor para describirlo: placer. En unos segundos, tras una pequeña pausa publicitaria, necesaria para reponernos de la grata sorpresa, regresaremos con nuestro invitado.
Ante la inesperada interrupción, que nadie esperaba, el equipo metió una cuña de publicidad y, preocupados, pues no era una reacción normal en ella, se acercaron a ver qué estaba sucediendo.
No soportaba verlo, se levantó y se alejó. Necesitaba irse. Fuera del plató. Fuera del alcance de las cámaras ante las que se veía obligada a mantener la máscara que se resquebrajaba a la misma velocidad que su corazón latía.
Salió por el estrecho pasillo hasta llegar a la puerta que daba a un callejón, tan solo transitado por los camiones que llegaban con mobiliario y otras cosas necesarias para el programa, y, una vez fuera, levantó el rostro hacia el cielo oscuro y apretó varias veces el puente de su nariz respingona para evitar que las lágrimas, que se acumulaban en sus ojos dotándolos de ese brillo tan característico de la humedad salina, se derramasen con la velocidad vertiginosa a la que necesitaban hacerlo.
¿Cómo era posible que todo se hubiese puesto del revés en tan poco tiempo? No podía entender nada, desde aquella maldita noche en la que le partió en mil pedazos el corazón, no había querido saber nada de él. ¿Cuánto hacía? ¿Diez meses? No era suficiente tiempo, todavía le dolía. Acababa de comprobarlo. No estaba preparada para esto. Por otro lado, no hacer el programa no era una opción. Eso estaba descartado.
Un carraspeo sacudió su cuerpo como si de una descarga se tratara y sus manos se apoyaron en las generosas caderas. No se giró. No estaba preparada para enfrentarse a eso. Todo era una locura. Una locura que le había hecho perder el control, que había logrado volver a romperla en pedazos y tenía que recomponerse en segundos, no tenía tiempo para más.
—No pensé que fueras a reaccionar así. Me alegro de verte.
Su voz, suave y ronca, seductora como lo fue, como lo seguía siendo, la hizo temblar. Notó cómo cada vello de su cuerpo se erizaba lleno de la electricidad que solo él le provocaba.
—¿Querías fuegos artificiales? Bueno, los has tenido, solo que no como habrías imaginado. ¿Qué coño haces aquí? —inquirió tratando de que su voz no sonara rota.
—He venido para que la periodista de moda me haga una entrevista. —La voz del hombre sonaba tranquila y eso la molestaba más. Tal vez él la había olvidado, pero ella a él, no, aunque lo que quedara en su interior fuese más odio que otra cosa.
—¿Sabías que era yo? —preguntó con la voz dura, fría, rezando porque su aspecto también diera esa impresión en vez de reflejar la verdad, que no era otra que se estaba desmoronando como la arena bajo las olas.
—Por supuesto.
—Pues debiste haber declinado la oferta…
—Siento la interrupción —se disculpó Norma, la chica de maquillaje—, pero ¿estás bien?
Asintió con la cabeza y en ese momento echó de menos, como nunca antes, tener un cigarro a mano. Le iba a tocar fumárselo en su mente.
—Estoy bien, lo siento, ha sido la sorpresa, no me esperaba para nada que él fuese a ser el invitado.
—¿Seguro que estás bien, Yas? —insistió, preocupada.
—Seguro. Ha sido la emoción —recalcó sin disimular su desagrado.
—¿Y usted, señor Evans, preparado?
—Listo para capear el temporal —afirmó con una sonrisa que no era tan auténtica como le habría gustado.
Si la joven maquilladora entendió sus palabras no lo dejó ver, se limitó a sostener la puerta abierta hasta que pasaron y los siguió con discreción por el estrecho pasillo de regreso a plató.
Yas podía sentirlo tras ella y, ¡maldita fuera!, seguía logrando que temblara como… como aquella maldita primera vez.
—Me alegra verte, echaba de menos la furia que desprenden tus ojos —susurró más cerca de lo que podía soportar.
—Pues yo… no me alegro en absoluto. Y, esa furia que desprenden mis ojos, he aprendido a canalizarla a través de las palabras. ¿Que estás listo para capear el temporal? No tienes ni idea de lo que te espera, capitán —amenazó en un susurro.
Llegaron a un plató revolucionado. Todos los presentes hacían conjeturas sobre qué era lo que le había podido pasar a su presentadora estrella. Norma, en cuanto se sentaron de nuevo, retocó su maquillaje y en ese momento pensó con tristeza que era una auténtica lástima que no pudiera retocar con la misma facilidad su interior. Maquillarlo para que el vendaval que rugía en sus tripas y llenaba sus oídos se transformara en una playa en calma.
Temblando, tomó asiento, sonrió a todos como si no pasara nada y respiró profundamente.
—Todo bien, chicos, lo siento. Ha sido la emoción y la sorpresa por tenerlo delante. Lista.
El realizador la miró, asintió e hizo un gesto con la mano. En tres, dos, uno… estarían en el aire.
Capítulo 1
El encuentro
Catorce meses antes… Caminaba a toda prisa por el atestado pasillo hacia el lugar que le habían asignado como parte de la prensa que asistía a la competición. Agachó un segundo la cabeza, para colocarse bien la identificación y no tener problemas con la seguridad, cuando se golpeó contra un muro de piedra que la hizo perder el equilibrio y caer hacia atrás.
—¡Joder! —gritó en español sin ser consciente.
—Lo siento mucho —se disculpó una voz ronca en un español bastante malo—. ¿Está usted bien, senorita?
—Sí, no te preocupes, señorito —comentó burlándose de él. Le había dado fuerte. Le dolía el culo por el golpe contra el suelo y la cabeza por haber chocado contra él, ¿estaba hecho de acero? —. No pasa nada, estoy bien, gracias —refunfuñó mientras aceptaba la mano que le tendía y, en ese instante, alzó la mirada y se quedó sin habla.
El hombre era como un gran árbol. Tenía que medir por lo menos un metro noventa y era puro músculo, no le extrañaba haberse hecho tanto daño, pero lo más impactante de él eran sus ojos. De un azul profundo y limpio. Como si fuera un lago en calma. Llevaba el cabello dorado revuelto y su atractivo rostro cubierto por una leve capa de vello que lo hacía muy varonil.
—¿Periodista? ¿Viene por el partido? —preguntó señalando la identificación que colgaba de su cuerpo.
—Es evidente —contestó con brusquedad, más que nada para evitar que el hombre se diera cuenta de que estaba nerviosa.
—Nos vemos. Más tarde. La invito a cenar, ¿sí?
¿La estaba invitando a cenar? ¿Por qué? No se conocían… ¿Quería conocerlo? Era evidente, ¿qué mujer en su sano juicio rechazaría una invitación de un hombre como él? Ella, porque estar en su sano juicio no era una de sus cualidades.
—Gracias, pero no. Lo siento, llego tarde. Por su culpa —recalcó—. Adiós.
—See you… later —murmuró.
Yasnaia caminó con paso rápido por el largo pasillo hasta llegar a la puerta en la que se leía Press Room. Llamó y, sin esperar respuesta, entró. Nada más poner un pie dentro se dio cuenta de que todo estaba hasta arriba. Desde luego era el deporte nacional. Se había dado cuenta cuando, al llegar, todo lo que se veía o vendía era merchandising de los All Blacks. Allí, los Ronaldos o los Messis eran unos completos desconocidos. Incluso la prensa iba equipada con sudaderas o camisetas de los All Blacks. Estaba ansiosa por verlos en directo. No podía esperar más. Sus manos picaban por la excitación y estaba deseosa de disparar su cámara y captar en una imagen eterna todo lo que sucedería a continuación.
Jugaban contra la selección escocesa y el campo se veía salpicado por los que iban de negro por completo y los que vestían de azul marino. Estos, por cortesía de los locales, entonaron el himno no oficial, Flower of Scotland, seguido por el himno de Nueva Zelanda.
Yasnaia se sentó en el lugar asignado, había tenido suerte. Al ser parte de un programa especial sobre toda la isla, le habían dado primera fila. Desde allí podía ver y fotografiar todo a su alrededor. Estaba disfrutando como nunca de su gran pasión. Y era feliz.
De repente, justo en el momento en el que los jugadores se dirigían a colocarse en su lado del campo, los All Blacks se colocaron en mitad del terreno de juego y empezaron su famosa danza maorí.
Miraba sin palabras el espectáculo. No tenía ni la más remota idea de si los demás estaban tan impresionados como ella o si, tal vez, al no estar acostumbrada, lo que veía y sentía la removía más por dentro que al resto. Por más que intentaba desviar la mirada del show, porque eso precisamente era, no podía. Tenerlos frente a ella, vestidos completamente de negro, verlos interpretar esa danza que acompañaban de gestos, bramidos y gruñidos, era hipnotizador. Nunca había visto a hombres tan… salvajes y a la vez tan sensuales.
Los gritos eran de guerra, estaba segura. De lo que no lo estaba tanto era del motivo: ¿sería una forma de honrar a los dioses? ¿A sus ancestros? ¿De intimidar a sus enemigos? Debía de ser una mezcla de todo, lo que le quedaba claro a Yas era que esos hombres que tenía frente a ella, a punto de disputar un partido de rugby, eran parte de una estirpe divina. Era lo único que se le ocurría para justificar lo que presenciaba.
Los cincuenta mil espectadores que llenaban el gran estadio de Eden Park, en Auckland, permanecían en silencio. Era como si la magia negra que destilaban llegase a todos y los sumiera en una especie de trance que los dejaba clavados en el sitio, igual que a ella, a la que solo le funcionaba una parte de su cerebro.
Ahora entendía un poco mejor por qué todo el mundo en ese país hablaba de rugby. Para ellos no existía otro deporte, pero era lógico. Eran impresionantes, intimidantes, atractivos a pesar de las poses casi monstruosas que deformaban sus rostros al hacer la exhibición de la haka. Una voz resonaba entre todas, destacando. Podía asegurar que el que llevaba la voz cantante era el capitán del equipo. Había leído en algún lugar su nombre… Daniel… ¿Daniel Evans? Estaba casi segura.
Observó al equipo contrario, tal vez no era la primera vez que se enfrentaban o eran capaces de disimular muy bien lo que sentían al ver a hombres así de amenazantes frente a ellos, pero se les veía tranquilos, tal vez porque los rivales eran guerreros de las tierras altas. El partido prometía y ella se sentía nerviosa, pero ¿quién no lo estaría?
Cuando acabaron la danza, todo el estadio se mantuvo en silencio. Podía ver caras emocionadas, lágrimas bañando el rostro de algunos de los asistentes, incluso ella estaba turbada. Habían despertado algo en su interior que le había hecho darse cuenta de lo sola que estaba en ese mundo. Pero no le importaba. Cuando decidió aceptar el trabajo de pasar un año en Nueva Zelanda para hacer un reportaje a fondo de su gente, sus tradiciones, de los paisajes, de las playas, la vegetación… le pareció la mejor oportunidad del mundo. Podía perfeccionar su inglés y además engordaría su currículum. Suerte que además de ser buena como periodista, se le daba de escándalo la fotografía. Su pasión.
Además, ese año la empresa le pagaba la estancia y las dietas, además del sueldo, así que había sido un trato redondo. Parecía que todo se hubiese confabulado a su favor: el día que recibió la llamada llevaba más de media hora en un atasco, lo normal en su día a día, y pensó que debía de haber algo más en la vida que perder tanto tiempo parada entre coches y motos para llegar a trabajar. Sin dudarlo, aceptó el trabajo. Una semana después había dejado su Sevilla natal y todo lo que la ataba a ella y estaba aterrizando, tras casi treinta horas de vuelo y dos escalas, una en Barcelona y otra en Qatar, en el aeropuerto de Auckland.
Cuando el equipo de los All Blacks se dispersó para tomar posiciones, lo vio.
—No puedo creerlo, es el tipo con el que choqué. ¡Madre mía! —siguió murmurando en su lengua materna a la vez que se llevaba las manos a la cara—. No me lo puedo creer, y no lo he reconocido.
Yasnaia escuchó que alguien le pedía silencio y se concentró en el partido y en sacar buenas imágenes. Por más que quiso ignorarlo, no pudo. El atractivo capitán del equipo local era irresistible para su cámara. Y no dejó de tomarle fotos. Tenía algo en su mirada… en su mirada y en ese cuerpo tan formado, contra el que había tenido el accidente, que no podía ignorar.
Era un deporte duro. No entendía cómo los hombres eran capaces de salir ilesos de una de esas arremetidas, ahí, sin duda, residía el encanto de ese juego. Al terminar, tenía las piernas temblorosas, como si hubiese sido ella la que había estado en el campo de juego. Todos celebraron la victoria de los All Blacks, incluso hubo momentos de tensión cuando, a falta de unos minutos, la victoria parecía estar en manos de los escoceses. Pero el capitán hizo que su equipo llegara a la victoria. Era impresionante. No tenía otra palabra para describir todo lo que había sentido allí. Para una mujer cuyo sueño era llegar a ser periodista deportiva, era una experiencia única. Flotaba en el ambiente un aroma especial que no tenía claro a qué pertenecía. Supuso que a una mezcla de todo lo que la rodeaba.
Todos se felicitaban por el gran partido y tras unos minutos llevaron a unos pocos seleccionados a otra sala en la que entrevistarían a los jugadores. Pensar en volver a verlo la puso nerviosa. Había sido una maleducada con él y, tal vez, eso la perjudicara para seguir adelante con su proyecto.
Cruzó los dedos y deseó que Evans no se lo tuviera en cuenta. La sala donde se harían las entrevistas estaba situada cerca de los vestuarios de los jugadores locales. Era la única mujer entre tanto hombre, pero no se sintió intimidada en ningún momento, los siguió y tomó asiento donde la azafata le indicó, a la espera de que apareciera ese hombre con genes divinos a decir unas palabras a la prensa.
Estaba casi en la última fila, lo prefería. No tenía claro si quería o no preguntar algo o tan solo escuchar y tomar más fotografías. El murmullo de los asistentes iba en aumento a cada minuto que pasaba. Todos esperaban la llegada del capitán y del entrenador que, con seguridad, estarían celebrando la victoria en los vestuarios junto al resto del equipo.
Sin saber muy bien por qué, la imagen de ese hombre en los vestuarios disparó su imaginación y pudo ver cómo las gotas de agua resbalaban por ese musculoso abdomen…
Los aplausos de los demás periodistas la trajeron de nuevo a la realidad, en esa en la que un hombre como ese no se complicaba la vida con nadie que no fuera una actriz o una modelo famosa.
En la larga mesa se sentaron el entrenador, el jugador con el que había tenido ese encontronazo y una joven muy atractiva que supuso que sería la responsable de prensa del equipo. Se había duchado, no cabía la menor duda; llevaba el pelo revuelto y húmedo y parecía relajado. La sonrisa con la que recibió los aplausos de los allí presentes era franca. De esas de verdad. Y le pareció más guapo aún. ¿Era posible? Al parecer, sí.
Las preguntas de los compañeros se sucedieron una tras otra, entre risas y bromas. Todos estaban felices por el gran partido que se había disputado y no había lugar para las preguntas trampas ni para reproches.
—La señorita del fondo de la sala, ¿no tiene ninguna pregunta que quiera hacer?
Su voz tronó entre todas las demás y Yasnaia estuvo a punto de sufrir un infarto. ¿Por qué la había tomado con ella? ¿Por qué le hablaba en español? ¿No se daba cuenta de que así era más llamativo todavía?
—La verdad… la verdad es que sí. ¿Cómo es que el capitán de un equipo como los All Blacks habla… chapurrea mi lengua?
—Please, slowly…
Yasnaia sonrió y lo miró con sorna.
—¿Cómo es que habla español? —Simplificó la frase para que la comprendiera mejor.
—Oh, sí, un poco —puntualizó acompañando las palabras con un gesto de sus dedos—. Porque me gustan… las mujeres espaniolas. Como tú.
Yas no pudo evitar el rubor que bañó su rostro. Todos la miraban con fijeza, como si no hubiese existido hasta ese momento en el que el número diez la había señalado. Incluso la mujer que los acompañaba, le dedicó una mirada curiosa.
Yasnaia sabía que todos esperaban que dijera algo, pero ¿qué coño querían que dijera? No tenía ni la más remota idea de qué decir a alguien como él en un lugar como ese.
—España está a veinte mil kilómetros —dijo tan solo para que las miradas regresaran al capitán y la dejaran de observar a ella como si fuera un animal en un zoológico.
—No importa, tengo amm… —se detuvo buscando la palabra que, por lo que parecía, no encontraba— a lot of money. —Se decidió por usar las palabras en su idioma al no hallar las equivalentes en español—. Para poder vuelar. Hay… plane —explicó sin dejar de sonreír.
¿Acaso no le importaba lo que los demás pensaran? ¿Por qué la avergonzaba frente a todos? ¿Era una forma de vengarse porque había rechazado su invitación?
—Tengo otra pregunta, capitán —dijo sintiendo cómo la ira crecía en su interior. Si pensaba que la iba a achantar, estaba equivocado. Muy equivocado—. En rugby, al contrario que en otros deportes, los números indican la posición en la que juega el hombre que lo lleva. Siempre se ha dicho que los números diez son los guapos e inteligentes del equipo, eso me hace preguntarme por qué le han asignado ese número a usted…
Podía ver la cara de asombro de la traductora que no dejaba de explicarle qué había querido decir a él y al resto de los presentes. No podía quedarse a escuchar la respuesta, su sangre le había vuelto a jugar una mala pasada y había hablado más de la cuenta, por lo que en ese momento se sentía avergonzada.
Y, sin más, se levantó, cogió sus cosas y se marchó de esa gran sala que de repente se había vuelto extremadamente pequeña.
Le costaba respirar, podía escuchar los cuchicheos y los clics de las cámaras al disparar. Le estaban tomando fotos. Ella no era nadie. Y quería seguir así. Caminaba a toda prisa por el pasillo cuando otros pasos, que se escuchaban acelerados, la alcanzaron.
Al volverse se encontró con la joven que acompañaba a Daniel Evans en la mesa. ¿Qué quería?
—Espere, señorita… Lira, ¿verdad?
—Sí, soy yo.
—Esta noche hay una fiesta exclusiva para celebrar la victoria. Está invitada. Aquí tiene la invitación. Llegue puntual.
—¿Perdón? —dijo con asombro. ¿Qué era todo eso?
—Hay una fiesta esta noche. Con cena incluida. Ahí tiene la dirección. No puede, ¿entiende?, no puede faltar. El señor Daniel Evans ha pedido que esté.
—No voy a asistir. No tengo nada que ver con todo esto. Solo estoy…
—Sé por qué está aquí. Tenemos información de cada uno de los periodistas que acuden. Y sé que no le gustará a su jefe que deje de asistir a un acontecimiento tan exclusivo y conocido, precisamente, porque muy pocos están invitados. Así que le enviaremos un coche a buscarla a su hotel…
—¿Cómo saben dónde me hospedo? —No pudo evitar preguntar con sorpresa.
La mujer cabeceó y alzó una ceja de forma que no dejaba lugar a dudas; pensaba que era una ignorante. Por lo menos. Era como si no tuviera claro por qué tenía que dar explicaciones sobre algo tan obvio.
—Lo sé todo de todos, señorita Lira. No falte. Vaya de etiqueta.
—No he traído nada de etiqueta. Además, ¿qué quiere decir de etiqueta?
La mujer hizo algunas anotaciones en la tableta que llevaba y parpadeó varias veces. Por un instante, Yas creyó escuchar que murmuraba algo así como: «no sabe la suerte que tiene».
Y, sin más, desapareció por el largo pasillo, desierto después del partido, dejando tras de ella tan solo el eco de unos tacones que se alejaban.
Capítulo 2
Desde allí arriba
Yasnaia llegó a su hotel, el Heritage Auckland Hotel, ubicado en unos antiguos almacenes que databan de los años veinte y cuya fachada era la original. Era un edificio precioso que le recordaba a la época en la que beber alcohol era algo que subía la adrenalina tanto como saltar desde el Sky Tower. Algo que tenía pendiente y que pensaba practicar en cuanto tuviera ocasión. Subió directa a la habitación. Su llegada a Auckland había sido más movida de lo que esperaba. Lo único que había querido había sido ir a uno de esos famosos partidos y ver en directo el espectáculo que parecía hipnotizar a todo el mundo. Incluso les habían otorgado un Príncipe de Asturias.
Cerró la puerta y se fue directa a la ducha. Estaba cansada y confusa. No conocía a ese hombre de nada más que un mal encontronazo en el pasillo del estadio. ¿Qué quería de ella? Si era un polvo de una noche, no creía difícil que encontrase a cientos de candidatas en unos minutos, ¿por qué ella?
Había sido brusca, no le había reconocido y tampoco había coqueteado con él. No entendía por qué se empeñaba en seguir viéndola. No tenían nada en común. Bueno, tal vez una cosa, ni él ni ella tenían la intención de mantener una relación. No era el momento, tal vez eso había pasado. Quizá él lo sabía.
Lo primero que hizo ya en su habitación, fue ponerse a buscar en sus escasas prendas de vestir algo que cuadrara con la idea de «etiqueta» que tendrían allí. Por lo poco que había visto de ese país, tenía claro que había muchas personalidades fuertes entre sus habitantes. Supuso que al vivir tan alejados de todo era normal que cada uno se sintiera libre y cómodo con su forma de ser y pensar, y no estuviesen bajo el pesado yugo que la moda imponía al resto de continentes. Al menos, del que ella venía. Vio un vestido negro justo por debajo de la rodilla. Tenía el cuello redondeado y una pequeña abertura atrás para hacer más cómodo el caminar. Con eso tendría que bastar porque no tenía nada más.
Lo usaría acompañado de unos zapatos color nude, los únicos que tenía en realidad, que combinaban con todos los colores. Por eso los compró. Suspiró fastidiada. Lo último que le apetecía era ir a una maldita fiesta. Pero era cierto lo que le había comentado la jefa de prensa, en cuanto había llegado y revisado sus correos, tenía uno de su jefe dándole la enhorabuena por poder hacer fotos de una fiesta tan exclusiva. Iba a ser una de las pocas personas que habían tenido el privilegio de asistir. Y más siendo de un país extranjero.
Así que no le había quedado más remedio que darse una ducha y arreglarse, aunque lo que de verdad le apeteciera fuese tirarse en la cama y dormir. El agua estaba a la temperatura justa. No se demoró, aunque le habría gustado, porque el coche que iban a enviarle para recogerla no tardaría en llegar.
Se vistió y se miró en el espejo. No estaba muy mal del todo, aunque no tenía claro qué hacer con esa larga melena rebelde. De todas maneras, tenía que ir cómoda, ya que no era una invitada como los demás, su función sería la de hacer fotografías y tratar de entrevistar a los que se dejaran. Tenía mucha curiosidad por saber más… de rugby.
El teléfono de la habitación sonó y al descolgarlo la joven de la recepción le comunicó que tenía un coche en la puerta, esperándola. Sin pensar más, se hizo una cola alta y se dio un toque de labios en un color parecido al suyo propio. Se colgó su Nikon al cuello, guardó una libreta y un bolígrafo para tomar apuntes en la bolsa de la cámara y cogió la llave de la habitación para dejarla en recepción hasta su llegada. Quería ir ligera.
Tras una última y rápida mirada, cerró la puerta de la habitación y tomó el ascensor hasta la planta baja. En cuanto las puertas se abrieron se dirigió con un taconeo al que no estaba acostumbrada hacia el mostrador y pidió a la joven que le guardara la llave.
Al salir por la puerta de cristal, encontró una limusina negra aparcada en mitad de la vía. Nada más verla, un joven la abordó.
—¿Senorita Lira? —preguntó con una amable sonrisa.
Yasnaia sonrió y pensó en lo complicada que era de pronunciar la eñe fuera de España.
—Sí, soy yo —contestó en inglés. Algo que alivió sobremanera al joven conductor que sonrió más relajado. La acompañó hasta la puerta del automóvil y se la abrió. Era maorí. Era fácil reconocerlos porque tenían un aspecto diferente a los demás. Todos exudaban una masculinidad que podía tocarse. Eran una estirpe de guerreros que no habían perdido esa fuerza interior y allí adonde iban, dejaban huella.
Yasnaia vio que era joven, incluso más que ella. Alto, fuerte y musculoso, lo que la llevó a preguntarse si no practicaría también el deporte nacional.
El joven condujo en silencio, pero pudo notar cómo la miraba sin parar a través del espejo retrovisor. Intuyó que igual que ella los admiraba por lo diferentes que eran a lo que ella conocía, a ellos les sucedería lo mismo.
Al cabo de unos segundos, el coche se detuvo dentro de un aparcamiento. Al bajar la acompañó andando, en silencio.
—¿Vamos al Sky Tower?
El joven, sorprendido quizá porque ella conociera el edificio, asintió sonriendo.
—Mi hotel está a cuatro minutos a pie. No era necesario un servicio de recogida, a no ser que pensaran que no me iba a presentar…
—Al parecer el jefe pensaba que no iba a ir.
—Y eso no lo podía consentir, ¿verdad? Creo que tu jefe está muy acostumbrado a salirse con la suya.
—Es el capitán de los All Blacks, nadie le dice que no. Además… las mujeres lo adoran. Cualquiera mataría por haber recibido una invitación directa de él.
Yasnaia sopesó la información que el joven le daba sobre su jefe. La verdad era que hablaba de él con adoración, casi podía ver corazoncitos salir de sus ojos al mencionarlo. Suspiró. Tal vez lo mejor para quitárselo de encima sería ser como las demás y derretirse con cualquier tontería que dijera. Pero no estaba en su naturaleza, él era un jugador y a ella le gustaba jugar. De esa manera había conseguido todo lo que se había propuesto, con esfuerzo y moviendo las fichas siempre a su favor. Así que, aunque se lo propusiera, no iba a poder caer fulminada ante la presencia de ese Dios del rugby.
—Bueno. —Sonrió—. Para ser honesta tendría que decir que no ha sido una invitación, ha sido una imposición. Así que he venido a trabajar y, aunque no esté acostumbrado a recibir negativas, mías va a obtener unas cuantas.
El joven se bajó la visera de la gorra que llevaba como parte de su uniforme y sonrió. Aunque debería permanecer impasible, no había podido evitar que la sonrisa se abriese paso en su rostro moreno.
El teléfono sonó y contestó en su lengua materna. No tenía apenas conocimientos del maorí, tan solo conocía el nombre maorí de Auckland, Tamaki Makaurau, y poco más. También le habían explicado cómo era el saludo maorí, por si alguna vez la recibían así, para que estuviera preparada. Si la tradición española de saludar con dos besos en las mejillas era rechazada por otras culturas que la sentían demasiado intimista para alguien a quien no se conocía, el ponerse frente a frente y nariz con nariz con alguien a quien se veía por primera vez, tampoco resultaba muy cómodo para ella, más teniendo en cuenta que no tenía lazos familiares fuertes ni había tenido una familia, ni grande ni pequeña, que le mostrara cariño físico.
Desde que recordaba, siempre había estado sola. Su madre la dejó a las puertas de un internado, sí, algo que solo debería pasar en películas, pero que ella había vivido. No le importaba, no ahora. De pequeña soñaba con que su madre regresara arrepentida con una gran excusa bajo la manga que justificara el porqué de haberla dejado nada más darla a luz, pero cuando fue creciendo se dio cuenta de que eso nunca sucedería y que estaba sola para todo. Y le gustaba. No quería depender de nadie. Así que desde joven trabajó en fotografía y estudió para pagarse los estudios y una vivienda en cuanto tuvo la edad para solicitar la emancipación, en este caso del estado que era el que tenía su guardia y custodia.
El joven hablaba muy deprisa, o eso le parecía a ella, y en su lengua materna por lo que no entendió nada de lo que dijo, sin embargo lo vio reírse un par de veces y ella, en un acto reflejo, sonrió también.
Al llegar a la puerta del ascensor, el joven le dejó paso y se quedó fuera. Ella lo miró extrañada y entonces le dio la explicación.
—La esperan arriba. Tiene que marcar la planta cincuenta y uno.
—¿La planta cincuenta y uno? ¿En serio?
—Sí, tenga cuidado. La primera vez, la velocidad tapona los oídos y asusta un poco, pero en pocos segundos estará arriba.
—No es cierto, es una broma, ¿verdad?
—Un placer, senorita —soltó con mirada pícara y una sonrisa maliciosa en el rostro.
Y, sin más, se alejó de la puerta para que esta se cerrara. Al hacerlo, se vio atrapada en el gran ascensor tan sola que daba la impresión de tener el espacio suficiente como para perderse dentro. Pulsó la planta indicada y, efectivamente, los oídos se le taponaron y se mareó un poco al ver cómo de rápido se sucedían los números en el lector.
—¡Joder! ¡Menudo viajecito! —murmuraba para sí a la vez que se abrían las puertas y se encontró con el que la esperaba.
—¿Está bien, senorita? —preguntó sonriendo.
—Creo que sí.
—Gracias por venir, senorita Lira. Soy Evans, Daniel Evans. Capitán de los All Blacks. Bienvenida —se presentó en inglés, acercándola hasta él.
No tuvo que adivinar qué pasaría. Lo sabía, iba a darle una bienvenida al estilo maorí. Así que se vio soportando sobre su frente la del hombre y con las narices rozándose. La mano derecha de Daniel agarró la suya y la izquierda la posó sobre su hombro, Yasnaia hizo lo propio y lo imitó. Aunque era intimidante. Podía notar el aire que exhalaba y que se introducía en su cuerpo. Con los ojos cerrados y a esa distancia era difícil controlar su cuerpo. Todo parecía tener vida propia. El calor empezó a inundar su cara y supo que él iba a notarlo. Temblaba. Así que se alejó y volvió la mirada hacia el elevador para romper lo que fuera que se había creado entre ellos.
—¿Qué velocidad alcanza ese trasto?
—No lo tengo claro, pero si quieres puedo preguntarlo. Enseguida me informarán.
—Claro, es normal, ¿quién puede decir que no al capitán de los All Blacks?
Él la miró con seriedad, después esbozó una sonrisa que, a su pesar, le detuvo el corazón, lo que no había conseguido el puto ascensor lo había conseguido él en menos tiempo. Le gustaría que no tuviese ese efecto en su cuerpo, pero no podía hacer nada para evitarlo. Era muy atractivo, era cierto, pero lo más atrayente de él para ella era su seguridad. Tenía tanta que resbalaba por cada poro de su cuerpo impregnando su voz y sus movimientos y no había para ella nada más atractivo en un hombre que eso.
—Una periodista espaniola. Al parecer le gusta esa palabra en lo que se refiere a mí.
—Quizá, si en vez de imponer a la fuerza hubiese tenido la cortesía de preguntar, la respuesta hubiera sido muy diferente, capitán.
—Pensé que la ayudaría en su trabajo tener una entrevista en exclusiva conmigo. Aunque puede que me equivoque. De todas formas, ya que está aquí, la invito a cenar.
—¿A cenar? ¿No era una fiesta?
—Una fiesta exclusiva.
—Entiendo…
—¿Qué entiende?
—Su idea de fiesta exclusiva es traerse a la mujer que sea el capricho del día aquí, invitarla a cenar y, después, llevarla a la cama, ¿no?
—Es una forma de verlo. —Sonrió acompañándola a una mesa—. Aunque no con todas intercambio el Ha.
No dijo nada y, no podía estar segura, pero le pareció recordar que el Ha era el aliento vital y una forma de hacer un nexo de unión entre ambos. Una creencia maorí. Él no lo parecía y la verdad era que tenía muchas preguntas que deseaba hacerle, aunque le fastidiara.
El sitio estaba desierto, ¿cómo podía eso ser un restaurante? Había mesas, cierto… pero nada más.
Se sentó, más que nada porque la curiosidad le podía, y si de paso podía llevarse algún que otro dato jugoso para su reportaje, mejor.
—Es el primer restaurante giratorio del mundo.
—Puede que el primero, pero no el único. En Andalucía, concretamente en Granada, existe otro. Así que siento chafarle la sorpresa, pero ya he cenado en uno de estos.
De nuevo su mirada era curiosa, con un brillo que hacía que el azul de sus ojos fuera más… más de todo. ¿Cómo se podía tener un color de ojos como ese?
—Parece que el hecho de impresionarla va a ser complicado. Espero, al menos, que le guste lo que he ordenado.
—¿Puedo decir que no me gusta algo o estoy condenada a decir a todo que sí? —interrogó. Lo del restaurante no se lo esperaba, y al parecer era la primera vez que no le funcionaba la maniobra. Pero había dado con ella. No iba a ponérselo fácil.
Un camarero apareció de la nada y sirvió en las copas un poco de vino tinto. Había pensado en todos los detalles, eso no podía negárselo. Y tomar vino allí, justo en las antípodas de su país, parecía algo… milagroso. Aunque claro, no había nada imposible para él.
—Por supuesto, tu opinión es bienvenida, eso no significa que tengas razón o que yo la acepte.
—La aceptación es el primer paso para amarse a uno mismo —se mofó a la vez que alzaba la copa de vino y brindaba al aire.
Él la miró y sonrió. Sin previo aviso, se levantó, se acercó a ella con paso seguro y se posicionó tan cerca que sus fuertes piernas rozaban su cuerpo. No se movió. No habría podido aunque hubiese querido. Todo temblaba. No; era ella. Él la hacía vibrar. La ponía tan nerviosa que perdía el control de su cuerpo y eso era peligroso. Giraba despacio, pero sin pausa, al igual que la plataforma sobre la que se situaba la mesa del restaurante que, centímetro a centímetro, le mostraba lo hermosas que eran las vistas desde allí arriba.
Capítulo 3
Justo a tiempo
El camarero reapareció justo a tiempo. Dejó sobre la mesa una bandeja con quesos variados y diferentes tipos de pan para untarlos. Había desde queso azul hasta queso cremoso o curado. Todo un espectáculo de colores y olores. También dejó una gran fuente de marisco y más tarde apareció acarreando otra en la que había carne y verduras.
—Nuestros quesos, al igual que nuestros vinos, gozan de una gran y reconocida fama mundial. Este plato es marisco de la isla. Hay cangrejo de río, mejillones verdes y oreja de mar.
—Gracias por la información, la verdad es que todo se ve delicioso.
—¿Todo? —Sonrió burlón.
Así que esas tenían… pues ella también podía jugar. No era el único que disfrutaba de los juegos. Aunque no podía dejar de preguntarse si sería un juego limpio o, por el contrario, prefería jugar sucio.
—¿Y eso qué es? —dejó sin respuesta la pregunta pues sabía que eso lo dejaría pensando durante el resto de la velada.
—Es Hāngi. Nadie que visite Nueva Zelanda puede irse sin probar hāngi ni un buen kiwi.
Y ahí estaba otra vez, tal vez pensaba que era una completa ignorante, pero no era así. Sabía que los neozelandeses se llamaban a sí mismos kiwis, de hecho, le habían explicado si se refería a la fruta debía añadir «fruta» al final porque si solo utilizaba la palabra kiwi se estaría refiriendo a los locales. Y él estaba, otra vez, con ese acoso y derribo que no tenía claro. ¿Por qué a ella? ¿Qué tenía de especial? ¿Por qué no elegir a otra más dispuesta?
—Y el hāngi, ¿qué es? Parece pollo.
—Hāngi en maorí significa horno en la tierra. Es un método tradicional maorí que consiste en cocinar alimentos con rocas calientes enterradas en un horno que se cava en el suelo.
—Tiene sentido, ¿por qué no usar el calor natural que desprende la tierra a causa de los volcanes? Me parece una gran forma de ahorrar en recursos y de respetar el medio ambiente.
—Exacto.
Sin más, le dio una pinchada a un trozo de carne del hāngi y se lo llevó a la boca. El sabor fue tan explosivo que se vio obligada a cerrar los ojos. Hacía mucho que no probaba algo tan delicioso.
—Está delicioso. Pero no solo estoy aquí para cenar, ¿verdad? ¿Qué secretos oscuros guarda el capitán de los All Blacks?
—La verdad es que secretos pocos. A pesar de lo que pueda parecer, soy un hombre normal.
—Sí, de lo más normal… —musitó llevándose a la boca un mejillón.
—Bueno, además de jugador de rugby, soy fisioterapeuta.
—Vaya.
—Estudié con la beca que me dieron en la universidad gracias al rugby y pensé que me iría bien conocer las lesiones. En el deporte profesional se está poco tiempo, así que tenía que asegurarme el futuro.
Yasnaia estaba impresionada, no podía negarlo. No solo era una cara bonita con un cuerpo musculoso, también, al parecer y para su sorpresa, tenía cerebro.
—No es para tanto, Yasnaia. ¿Puedo tutearte? —Asintió porque no veía ningún motivo para que no lo hiciera—. Quiero pensar que soy algo más que músculos entrenados a tope.
—Supongo que lo que más me ha sorprendido es lo que estudiaste en sí. Aunque, teniendo en cuenta el deporte que practicas…
—La verdad es que por lo general las personas que creen que el rugby es un deporte brutal es porque no tienen ni idea del juego en sí. Pocos deportes hay en los que los jugadores respeten más al árbitro: tenemos claro que él en el campo de juego es la ley. Además, somos respetuosos también con los compañeros, pocas veces hay altercados entre nosotros y, por supuesto, no nos gusta usar el juego sucio.
Ante el comentario Yasnaia no pudo evitar levantar una ceja para que le quedara claro que no lo creía.
—Es cierto, solo uso el juego sucio cuando no me queda más remedio.
—Así que obligarme a venir engañada diciendo que era una fiesta exclusiva, no es juego sucio.
La risa que escapó del pecho de Daniel fue contagiosa. Tenía una risa ronca y atractiva como todo en ese maldito hombre que parecía hecho de todo lo que más le gustaba y deseaba. Aun así, era consciente de que su paso por la isla era temporal y lo último que necesitaba era un lío con ese hombre.
—Bueno, era porque quería volver a verte.
—¿Por qué? No lo entiendo. Menos todavía cuando podrías haber traído a la chica que quisieras sin tener que tomarte ninguna molestia. Estoy segura de que se desmayan al verte —confesó llevándose la copa de vino a la boca. No es que tuviera sed, es que necesitaba distraer a su mente del influjo de ese hombre.
—Por eso mismo. Porque rechazaste el venir, porque parece que no te afecto, que no estás interesada en mí… y eso ha despertado mi curiosidad y herido mi ego a partes iguales, Yasnaia de Sevilla, Espania.
—Siento decirle, capitán, que mi opinión sigue siendo la misma. No he venido a enamorarme ni a tener una relación con nadie. Solo quiero hacer un gran trabajo y ganarme el respeto de los arriba para, con suerte, poder hacer realidad mi sueño.
—¿Cuál es?
—¿Mi sueño?
Daniel asintió y ella se sintió algo mareada, no estaba acostumbrada a que nadie mostrara interés en ella, aunque para ser sincera consigo misma, nunca dejaba a nadie acercarse lo suficiente como para tener una conversación sobre algo más que el tiempo.
—Me gustaría tener mi propio programa de televisión. Uno interesante, que atraiga a la gente.
—Wow, dream high.
—Solo se destaca si se vuela alto, a ras de suelo lo hace todo el mundo. En eso no hay nada especial.
Daniel se llevó la copa a la boca y dio un delicado sorbo. Era increíble cómo una mano como la suya podía mostrar tal delicadeza a pesar de lo rudas que se veían.
—Me gustaría, después de cenar, llevarte a un sitio. ¿Me dejarás?
—¿Adónde?
—Si te lo dijera, no te impresionaría.
—Bueno, para ser honesta, las vistas que tenemos me han impresionado bastante.
—Es la segunda vez que hablas de las vistas y no puedo evitar pensar que te refieres a mí.
Yasnaia soltó una risa de verdad. Una de esas que suben por el pecho y hacen cosquillas en la garganta, de las que te arrancan humedad a los ojos y te dejan buen cuerpo durante un rato. Era incorregible; sin embargo, era parte de su encanto. Estaba claro que no estaba dispuesto a tirar la toalla con facilidad y eso tenía que contar.
—Está bien, voy a dejar que intentes impresionarme, aunque te lo advierto: no te lo voy a poner fácil.
—No me cabe la menor duda y eso, Yasnaia, es lo que más me gusta de este juego.
—Así que ¿estamos jugando? —preguntó golpeando la copa con la yema de los dedos.
—Eso parece —sonrió de esa manera única que poseen los jugadores experimentados.
—Interesante. ¿Y cuál es el premio? —inquirió acercándose a él.
—El que venza, decide.
Yasnaia se alejó de nuevo y pudo ver en la mirada del hombre un gesto de recelo. No le gustaba pensar que había ganado una yarda para luego perder dos, y eso le sucedía con ella. A cada instante.
—¿Cualquier cosa? Es muy arriesgado.
—Nada me sabe mejor que el riesgo.
—Acepto. Tenemos una apuesta.
Daniel cogió con suavidad la mano de Yasnaia y sellaron la promesa con ese gesto. Se relamía pensando en todo lo que iba a hacer para conseguir impresionarla y, si lo conseguía, iba a pedir como premio pasar veinticuatro horas con ella. Seguidas. Iba a dejarla exhausta más de una vez y, cuando terminara con ella, iba a necesitar más de una semana para reponerse de la intensa actividad física a la que tenía pensado someterla.